Raúl
Santamarina
Navarro
A mí no me va a pasar
El abuelo la funda, el hijo la goza y el nieto recoge los pedazos
¿Es su empresa una institución con bases sólidas… o una organización que aún depende, en exceso, de la figura del fundador?
Durante años, muchos empresarios han confiado en que el compromiso
familiar y la fortaleza del apellido serán suficientes para asegurar la
continuidad.
© 2021
© 2021
Raúl Santamarina Navarro
Raúl Santamarina Navarro, nació en la Ciudad de México en el año de 1955; estudió economía y después un MBA en el IPADE.
Profesionalmente, ha sido director de la sede del IPADE Guadalajara, en donde también colaboró como profesor del área de Política de Empresa.
Fue rector fundador del campus en Guadalajara de la Universidad del Valle de México y fundador y director general de Corporación de Clínicas Eficientes. Ha sido consultor en las áreas de dirección general y franquiciatario de Bullet Proof Manager durante más de 15 años. A partir del 2007, toma la decisión de fundar SANTAMARINA CONSULTORES, especializándose en empresas familiares en organismos autorizados en Barcelona y en Argentina como consultor especializado en el tema.
Se mantiene hasta la fecha en el estudio y actualización de diversas metodologías
prácticas, trabajando con más de 200 empresas en México y en el extranjero.
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Titulo de libro
¿Es su empresa una institución con bases sólidas… o una organización que aún depende, en exceso, de la figura del fundador?
Durante años, muchos empresarios han confiado en que el compromiso familiar y la fortaleza del apellido serán suficientes para asegurar la continuidad. Sin embargo, la experiencia en América Latina muestra que el paso de una generación a otra exige algo más que buena voluntad: exige diseño.
La mayoría de las empresas familiares no enfrenta una crisis visible. Enfrenta algo más sutil: la postergación. El «todavía no es momento», el «ya lo veremos después», el «en nuestra familia, eso no ocurrirá».
Raúl Santamarina Navarro, estratega con más de treinta años acompañando a familias empresarias en procesos de gobierno, sucesión y profesionalización, propone una reflexión clara: la continuidad no es automática; es intencional. Este libro ofrece una mirada rigurosa y práctica sobre cómo alinear familia, propiedad y dirección bajo principios de estructura, responsabilidad y visión compartida. No desde el alarmismo, sino desde la convicción de que la permanencia es fruto del método.
Las familias empresarias que han logrado trascender generaciones comprendieron que el apellido resguarda los valores, pero el proceso garantiza la sostenibilidad económica.
Toda empresa familiar vivirá una transición.
La diferencia radica en si será fruto de la improvisación o de una decisión consciente.
A mí no me va a pasar
El mito de la inmortalidad empresarial
La oficina de don Rodolfo olía a una mezcla persistente de café cargado, madera de
cedro y ese aroma indescriptible que solo tienen los documentos acumulados durante
treinta años. Era el santuario de un hombre que se sentía invencible.
A sus sesenta y ocho años, Rodolfo no solo era el fundador de una
comercializadora textil exitosa en el centro de México; era, a sus propios ojos, el
arquitecto de un destino que no conocería el ocaso. Para él, la empresa era una
extensión de su sistema nervioso, y la sola mención de la palabra «sucesión» le producía
una punzada de molestia que despachaba con un ademán de la mano, como quien
espanta una mosca inoportuna.
—¿Sucesión? —preguntó un día a su contador de toda la vida, mientras
revisaban los cierres trimestrales—. Para eso falta una eternidad. Mis hijos ya están
aquí, ellos saben cómo se hace el negocio. No hace falta ponerlo por escrito. A nosotros
no nos va a pasar lo que a los Pérez, que se deshicieron en tres años.
Ese es, precisamente, el mito de la inmortalidad empresarial. Es esa creencia
arraigada, casi mística, de que el éxito presente es un seguro automático contra el
fracaso futuro. Sin embargo, los pasillos de las cámaras de comercio y los archivos de
los juzgados civiles están llenos de historias que comenzaron con esa misma frase: «a
mí no me va a pasar». La realidad, cruda y respaldada por cifras que no entienden de
sentimentalismos ni de legados heroicos, nos cuenta una historia radicalmente distinta.
Existe un dicho popular que resuena con una fuerza perturbadora en el entorno
de los negocios en México y en toda América Latina: «El abuelo la funda, el hijo la
goza y el nieto recoge los pedazos». Lo que podría parecer un chiste de sobremesa es,
en realidad, el diagnóstico más preciso de una patología que devora el patrimonio de
miles de familias cada año.
Esta máxima describe un ciclo de erosión que parece inevitable si no se
interviene con inteligencia y estructura. El fundador pone el sudor, la visión y la
austeridad. El hijo, que creció en un entorno de mayor holgura, mantiene la inercia, pero
a menudo se enfoca más en los frutos que en el riego de la raíz. Y el nieto, alejado
emocionalmente del sacrificio original, se encuentra con una estructura debilitada,
incapaz de sostener a una familia que ha crecido en número de manera exponencial,
pero no en compromiso profesional.
Las estadísticas en nuestra región son demoledoras. Se estima que apenas entre
un 21 % y un 33 % de las empresas familiares logran sobrevivir al primer traspaso
generacional. Es decir, de cada diez empresas que un fundador construye con la
esperanza de que sean el sustento de su descendencia, siete desaparecen o son vendidas
antes de que el hijo tome las riendas por completo. La caída se vuelve un abismo
cuando miramos hacia la tercera generación: menos del 10 % logra cruzar ese umbral.
La pregunta que surge de inmediato es: ¿por qué? ¿Es incapacidad técnica? ¿Es
falta de mercado? Generalmente, no. El enemigo no suele estar afuera, en la
competencia o en la economía nacional, sino sentado en la misma mesa durante la cena
de Navidad.
El problema fundamental radica en que el empresario suele dedicar el 100 % de
su tiempo a gestionar el negocio, pero el 0 % a gestionar la familia en relación con ese
negocio.
Se asume que la sangre es un pegamento lo suficientemente fuerte como para mantener
unida una estructura de gobierno cuando, en la práctica, la sangre sin reglas
claras suele convertirse en el combustible de los incendios más devastadores.
La falta de un plan de sucesión formal es el síntoma más evidente de esta
ceguera. Estudios recientes indican que, aunque más de la mitad de las empresas
familiares en México enfrentan un riesgo inminente de fracaso por falta de relevo,
apenas un 3 % cuenta con un plan de sucesión documentado y profesionalizado.
Don Rodolfo es el reflejo de miles de fundadores que confunden el amor filial
con la competencia profesional. Para él, su hijo mayor, Raúl, es por definición el
siguiente director general. Pero nunca se ha sentado a preguntarle a Raúl si desea ese
cargo, ni mucho menos ha establecido criterios para medir si es la persona más apta
para el puesto. Raúl vive en una silenciosa crisis de identidad, cumpliendo un horario en
una empresa donde no tiene voz propia, esperando heredar un trono para el cual nadie le
ha dado las herramientas, solo las llaves.
—Papá, deberíamos revisar los estatutos —le propuso Raúl en una ocasión, con
la voz un poco quebrada por los nervios—. He estado leyendo sobre los protocolos
familiares. Dicen que ayudan a que sepamos qué hacer si alguien decide salir de la
sociedad o si necesitamos capital externo.
Rodolfo ni siquiera levantó la vista de sus facturas:
—¿Protocolos? Eso suena a desconfianza, hijo. En esta familia nos queremos y
nos respetamos. Mientras yo esté aquí, yo decido. Cuando no esté, ustedes se arreglarán.
No compliques las cosas con papeles de abogados.
Ese «ustedes se arreglarán» es el acta de defunción de la empresa. Es la
transferencia involuntaria de una carga emocional y financiera que, ante la ausencia de
un Consejo de Familia o un Consejo Consultivo, terminará estallando en el momento
más vulnerable: cuando el líder falte. La inmortalidad es un mito porque la biología es
implacable, pero la continuidad es una posibilidad real que se construye hoy, no cuando
aparecen los problemas de salud o los conflictos de intereses.
El ciclo de vida de la empresa familiar tiene fases predecibles. Comienza con la
etapa de «Propietario controlador», donde una sola persona decide todo; es la etapa del
ímpetu. Si la empresa crece, se pasa a la «Sociedad de hermanos», donde la complejidad
aumenta porque ya no hay una sola voz cantante, sino que se requiere consenso.
Finalmente, llega la etapa del «Consorcio de primos», donde la propiedad se atomiza y
las visiones del mundo divergen. Sin órganos de gobierno, cada paso de una etapa a la
otra es como caminar por un campo minado.
No es solo una cuestión de dinero. Es una cuestión de legado. Cuando una
empresa familiar muere, no solo se pierden empleos y capital; se fractura el tejido de
una familia: hermanos que dejan de hablarse, primos que se demandan en los tribunales
y una viuda que observa cómo el esfuerzo de toda la vida de su esposo se disuelve en
reproches.
El error de Rodolfo, y de tantos otros, es creer que la profesionalización de la
empresa significa «quitarle el alma familiar». Es todo lo contrario: profesionalizar es
ponerle una armadura a esa alma para que resista los embates del tiempo y las pasiones
humanas.
La resistencia a enfrentar la propia mortalidad empresarial es comprensible. El
fundador siente que, al planificar su salida, está admitiendo que su tiempo ha terminado.
Sin embargo, el liderazgo más noble no es aquel que se aferra al poder hasta el último
suspiro, sino aquel que prepara el terreno para que los que vienen detrás no tropiecen
con los mismos obstáculos. La planificación no es un acto de desconfianza hacia los
hijos, sino el mayor gesto de amor y responsabilidad que un padre puede tener hacia
ellos.
A menudo, en mis conversaciones con dueños de negocios, surge el tema de las
reglas de Peter Drucker. Él era enfático en algo que a muchos fundadores les duele
escuchar: los familiares no deben trabajar en la empresa a menos que sean al menos tan
competentes como el mejor profesional externo que se pudiera contratar. Aplicar esta
regla parece cruel bajo la óptica de la protección familiar, pero es la única forma de
asegurar que el barco no se hunda. Cuando el hijo «goza» la empresa sin entender la
disciplina que requiere mantenerla a flote, está firmando el cheque de la miseria de sus
propios hijos.
El espectro de la mortalidad empresarial debe ser visto de frente, no para generar
miedo, sino para motivar la acción. Las empresas que sobreviven no son necesariamente
las que tienen más capital, sino las que han sabido transformar la «empresa de la
familia» en una verdadera «familia empresaria». La diferencia es sutil pero profunda: en
la primera, la familia vive de la empresa; en la segunda, la familia se organiza para
potenciar y trascender a través de la empresa.
—Usted no es inmortal, Rodolfo —le dijo un consultor externo que logró entrar
en su oficina después de meses de insistencia—. Su empresa tampoco lo es por
definición. Pero su visión puede serlo, siempre y cuando deje de confiar ciegamente en
la improvisación y empiece a creer en la estructura.
Esa tarde, por primera vez, Rodolfo se quedó en silencio después de una
sugerencia. Miró el retrato de sus nietos que tenía sobre el escritorio. Eran pequeños,
correteaban en una foto tomada en el jardín. Pensó en el dicho del abuelo, el hijo y el
nieto. Se imaginó a esos niños recogiendo los pedazos de algo que él amaba tanto, y por
primera vez en años, sintió un frío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado
de la oficina.
El reconocimiento de que el fin es posible es el primer paso para evitarlo. Al
aceptar que el mito de la inmortalidad es solo eso, una fantasía reconfortante pero
peligrosa, el empresario abre la puerta a la gobernanza. No se trata de redactar
documentos fríos que se guarden en un cajón, sino de abrir espacios de comunicación
donde se discutan temas que suelen ser tabú:
¿Qué pasa si el fundador fallece mañana?
¿Quién tiene derecho a un puesto directivo?
¿Cómo se valorará la remuneración de un familiar frente a un externo?
¿Cómo se resuelven los conflictos sin que la cena del domingo sea un campo de
batalla?
Entender este panorama requiere valentía. Requiere que el fundador se despoje
del ego de la omnipotencia y que las siguientes generaciones asuman la responsabilidad
del aprendizaje constante. La continuidad es un deporte de equipo que demanda reglas
claras, árbitros imparciales en forma de consejeros externos y un compromiso
inquebrantable con la verdad, por dolorosa que esta sea. Sin estos elementos, el destino
está escrito en las estadísticas y el patrimonio construido con décadas de esfuerzo puede
desvanecerse en un abrir y cerrar de ojos, ante el eco de una promesa incumplida.
Rodolfo cerró la carpeta del trimestre y, por primera vez en décadas, no se sintió
el dueño absoluto del tiempo. Se dio cuenta de que el éxito no era un estado
permanente, sino un equilibrio frágil que requería nuevas herramientas para una nueva
era. Sabía que el camino hacia la profesionalización no sería sencillo, especialmente
porque implicaba ceder el control sobre aspectos que antes manejaba por puro instinto,
pero la alternativa de ver su legado convertido en una estadística de fracaso era
inaceptable.
Miró el teléfono. Tenía que llamar a Raúl. No para darle una orden, como era su
costumbre, sino para invitarlo a hablar de algo que habían evitado durante demasiado
tiempo. Sabía que el cambio de mentalidad empezaba por él mismo, reconociendo que
la verdadera fortaleza de un líder no reside en ser indispensable, sino en lograr que su
ausencia no sea el fin de todo lo construido. El mito se había roto y, en su lugar,
comenzaba a germinar la posibilidad de una continuidad real, basada en la estrategia, el
respeto a los sistemas que componen esta compleja realidad y la humilde aceptación de
que el futuro se asegura en el presente.



